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Patricia Espinosa

Un hombre estrujado

Álvaro Bisama exacerba el carácter retraído y la condición silente del protagonista de esta novela, un ex reportero gráfico que retrató la calle durante los años de la dictadura.

E l uso indiscriminado del monólogo caracteriza la producción novelística de Álvaro Bisama. Este recurso, que si bien le permite al autor ingresar a la intimidad enloquecida de sus personajes, termina por clausurar el diálogo y con ello todo contrapunto de voces y perspectivas. En El brujo , la nueva novela de Bisama, el monólogo se muestra como una herramienta tan agotada como su protagonista, estrujado en demasía en su vejez decadente, automarginado del mundo y con una memoria que lo acosa.

La novela exacerba la extrañeza, el carácter retraído y la condición silente del personaje central. Se trata de un ex reportero gráfico, de esos que retrataron la calle durante los años de la dictadura, que logró notoriedad a través de una particular y violenta foto que le trajo como consecuencia ser detenido y torturado. Este hecho detona en el personaje una crisis y la decisión de abandonarlo todo, familia y fotografía incluidas, y marcharse a un territorio “salvaje” a vivir en total anonimato y precariedad. Es entonces cuando la provincia se revela como un espacio tan infernal como la gran ciudad.

El brujo contiene una debilitada cercanía con la posmemoria, porque el hijo que aparece no pincha ni corta en el relato, negándosele la posibilidad de articular una visión propia como víctima secundaria de la dictadura. Por otro lado, la veta policial queda atrapada por un simbolismo insignificante. Así, los oscuros inspectores del SAG, el fotógrafo autoexiliado en Chiloé, el gato Copito y unos pájaros en peligro de extinción conforman una trama a la que se le impone un desenlace tan absurdo como inverosímil. Es acá donde todo se pudre. Los muertos, los culpables, las motivaciones criminales, incluso los monólogos del hijo, del padre y hasta la historia del país, y con ello la posible alegoría que contendría el volumen, pasan a formar parte de un chiste naif.

Bisama manifiesta un grave problema con el montaje de los capítulos. La novela pretende establecer un contrapunto al instalar el monólogo del hijo –capítulos 1 y 2– y luego el monólogo del padre –capítulo 3 y final. Los segmentos del hijo no sirven para configurarlo como entidad independiente; su única utilidad es reforzar el mito paterno y operar como antesala de la voz del padre que surge en plenitud en el tercer tramo del libro. Cada enunciado del hijo está siempre direccionado a exponer las anécdotas del padre, información que será reiterada en el relato ejecutado por el propio fotógrafo.

En realidad, los capítulos 1 y 2 no son más que material sobrante, ya que la novela pudo perfectamente comenzar en el segmento 3 y ahorrarnos la voz del pálido hijo. El único aspecto que justificaría la presencia del hijo es su versión del crimen del joven fotógrafo Rodrigo Rojas Denegri, a quien responsabiliza indirectamente de su propia muerte, hecho que podría implicar un espejeo con la figura paterna, atribuyéndole responsabilidad en su propia degradación, es decir, algo al estilo de “ellos se lo buscaron”.

La frase corta, el impostado tono lírico y la redundante e inconducente rareza de los personajes secundarios resultan tan sobrexplotados como el protagonista. Así, el fotógrafo es el origen y destino de todos los vectores que conforman la trama, lo que contribuye a su excesivo fortalecimiento mítico y trágico. Lo peor es que el autor conduce todo hacia una salida fatal y sorprendente que contamina la totalidad de una novela que ciertamente pudo evitar perder el rumbo de manera tan burda.

El brujo

Álvaro Bisama

Alfaguara, 2016, 223 páginas.


Vicente Montañés

A perder el tiempo

El autor muestra qué le pasa al cerebro humano cuando no pensamos en nada y lo creemos en reposo. Sucede que en los momentos de ocio es cuando está más activo que nunca. Mucho más que al realizar una acción lógica y consciente.

U n raro fervor nos sacude al hojear este libro del científico estadounidense Andrew J. Smart. Sobre todo, ante el capítulo final: “El trabajo está destruyendo el planeta”. ¿Es una apología del ocio contra esta cultura industrial y urbana, obsesionada con que en todo momento estemos ocupados en algo productivo? Lo es, pero no desde la filosofía o el arte, sino desde la neurociencia.

Smart muestra qué le pasa, a nivel de su actividad neuronal, al cerebro humano cuando no pensamos en nada y, por tanto, lo creemos –equivocadamente– en reposo. Y lo compara con lo que el cerebro hace cuando, muy diligentes, resolvemos una ecuación o enumeramos los ingredientes de la cazuela. Sucede que es en aquellos momentos de ocio cuando nuestro cerebro está, de hecho, más activo que nunca. Mucho más que al realizar una acción lógica y consciente.

Afirma Smart que al examinar, en situaciones diversas, la actividad neuronal de diferentes áreas del cerebro (las sitúa, nombra, describe y explica con celo científico y estilo comprensible), veremos que al abocarnos a una tarea –manual o intelectual–, se activan ciertos sectores específicos y circunscritos. Lo interesante –y tal vez menos sabido– es que, cuando dejamos que nuestra mente vague sin rumbo ni propósito, se activa –por defecto– lo que Smart llama la red neuronal extendida: una conexión amplia y simultánea de distintos y remotos sectores del cerebro. En ellos aumentan la irrigación sanguínea y el consumo de glucosa, y –sin que tengamos conciencia de ello– circulan por toda la red, o pasan por sus centros nodales, “informaciones” muy diversas que en otros momentos no se relacionan: recuerdos antiguos, conocimientos olvidados, sentimientos, chispazos de autoexamen... Esa interacción puede suscitar luego ideas innovadoras, quizás literalmente geniales... O al menos, dice Smart, será buena para el funcionamiento de ese gran órgano y nuestra salud mental. Todo ello mientras vemos volar una mosca.

Por ejemplo, el córtex prefrontal (busquen su ubicación) se activa cuando no hacemos nada, lo que “te permite acceder a tu inconsciente, tu creatividad y tus emociones”. Suena a eslogan esotérico, pero debe ser cierto: Smart parece saber de lo que habla. De hecho, hay largos párrafos “científicos” donde detalla las oscilaciones de las redes neuronales con tecnicismos muy razonables.

La idea del valor del ocio no es nueva. El autor evoca observaciones de filósofos y escritores de siglos anteriores, desde el poeta Rilke hasta genial Isaac Newton, sin olvidar unas provocativas frases de Nietzsche. Y los imagina en “acción”: notable es el párrafo en que recrea el proceso cerebral de Newton pajareando en su jardín y viendo caer la famosa manzana. La fruta no era esencial: lo importante venía de las diversas regiones de su cerebro, activadas en la “red neural por defecto” mientras él no pensaba en nada.

El lenguaje de Smart es colorido: “En estado de reposo, el precúneo [zona recóndita del cerebro] devora glucosa como un colibrí enloquecido”, aunque si redactamos un informe o miramos el celular, el precúneo se desactiva.

En fin, para usar nuestro cerebro en todas sus (pocas o muchas) potencialidades intelectuales y emocionales, apartemos la agenda de tareas y pongámonos a perder el tiempo, ya que la ciencia nos ampara. ¿Por cuánto rato? Buena pregunta.

El arte y la ciencia de no hacer nada

Andrew J. Smart

Tajamar, 2016, 194 páginas.